Ya me tienen harto los pinches pájaros. Parece que escogieron el árbol que le da sombra y protege mi automóvil, para hacer sus reuniones y llevar a cabo sus pláticas. Lo que me encabrona no es que lo hagan ahí; si no, que aprovechen ese momento para formar su cagadero e infestar con su porquería la carrocería de mi carro. Pinches urracas de mierda que no saben más que joder.
Estos pájaros, que no sé todavía cuál es el propósito de sus existencias, los tengo presente casi todo el año; no los veo emigrar como a otras tantas especies que huyen hacia el sur cuando llega el invierno. Desde que me cambié a esta casa he tenido que soportarlos todo el tiempo sin poder deshacerme de ellos, pues no quiero tampoco tener que tirar el árbol que de cierta manera ayuda a mantener fresca la propiedad con su sombra.
¿Por qué habremos siempre de sacrificar algo para conseguir un poco de lo otro? Este desagravio no sólo lo he vivido ahora con estos pajarracos. Durante toda mi vida he tenido que sortear diferentes obstáculos y aceptar una que otra imposición para lograr algún que otro propósito. No es justo que el vecino no logre entender hasta qué punto es inoportuno o fastidioso en su manera de ser y actuar. Sé que es muy difícil vivir en comunidades porque hay ciertas reglas que acatar, pero las mismas sociedades te dan suficientes opciones para que vivas en el lugar que mejor te acomode. ¿Cuántas veces he tenido que sacrificar mi sueño, escuchando las estridentes bocinas de ese vecino desconsiderado que pretende nunca acabar su fiesta? -¿Qué ha pasado con los buenos modales y con el respeto mutuo?- ¿Será que es parte de la vida la molestia?
Siguiendo con mi historia les comentaré que hace algunos días decidí cambiar el carro de lugar y colocarlo lejos del árbol para evitar que me lo siguieran ensuciando estos odiosos pajarracos, sacrificando por supuesto, la sombra y la comodidad de la cercanía. El espacio donde normalmente lo estaciono estaba marcado por todo ese estiércol que arrojan esos infelices, como si fuera un lienzo en blanco con un marcado marco de negros y cafeces. Apartado totalmente del árbol y en lugar abierto, mantuve entonces el carro algunos días y bajé agradablemente mi termómetro del coraje, al notar que no llegaban hasta allá sus cagadas; claro que ahora recibe en forma directa los rayos del sol y cuando lo necesito tengo que refrescarlo antes de subirme. Lo curioso, y que llamó sobremanera mi atención fue; que poco a poco desapareció del pavimento la marca obscura que dejara el cagadero de estos desagradables plumíferos, como si pareciera que les fascinara hacer sus necesidades exactamente sobre el techo y la carrocería de mi impecable automóvil. De aquella cantidad excesiva de “caca”, pronto no quedó ni la sombra, increíblemente cambiaron de punto de reunión y se fueron a hacer su cagadero a otra parte. ¿Será que los creadores de las caricaturas “Las Urracas parlanchinas, Tuco y Tico”, tenían razón al juzgarlas como unas aves jodedoras que se la pasan haciendo travesuras? ¿O será que la tienen cogida conmigo?
No sé por qué será que también hay gentes así, (como estos pájaros). Parece como si gozaran con el mal que te hacen y pretendieran no darse cuenta de nada. -Si ves que tu mierda está entorpeciendo de alguna forma a tu vecino… ¡coño!, tírala para otro lado y no seas tan hijo de puta-. Es el capricho ese que tienen algunos de hacerse notar, cuando sobran formas de hacerlo sin molestar a nadie. ¿Por qué has de parar tu dichoso automóvil en la entrada de mi estacionamiento (aunque sea por un “momentito”), si sabes que puedo necesitar entrar o salir? ¿Por qué has de permitir que el amigo que viene a visitarte lo haga, si sabes que es a ti a quien voy reclamar? Y después resulta que si tengo que molestarte para que muevas el automóvil, pretendas que debo pedírtelo de favor o darte las gracias por hacerlo. A eso le llaman educación. ¿Es que no es posible que tengamos un poco de respeto por lo ajeno?
La semana pasada, y por recomendación de un amigo me fui a comprar un búho, o lechuza, como quiera que le llamen, (en México le dicen tecolote), pues según él, ahuyenta a los plumíferos con su presencia. $27.00 dólares tuve que pagar por la figurita de plástico del mencionado animalito.
Con una escalera (que también tuve que comprar) me introduje entre las ramas del mencionado árbol y aseguré con clavos y un pedazo de alambre la estatuilla, con tan mala suerte que perdí el equilibrio y fui a dar al traste contra el pavimento fracturándome una pierna; no quieran saber lo que me costó la intervención en el hospital. DEBIERAN INVENTAR UNA BOMBA QUE EXTERMINARA A ESTAS ODIOSAS CRIATURAS.
Al final, y para beneplácito de este servidor, el buhito resultó efectivo; los pinches pájaros cambiaron de árbol y con ellos se llevaron mi impaciencia y mal humor, y aunque tuve que estar algunas semanas convaleciente por mi caída, me alegré infinitamente del resultado. Me temo que existimos demasiadas criaturas en este planeta, ¿será que no habrá otro donde puedan hacer vida ciertas especies?
En fin… que aunque decreció el infame torbellino de cagadas que tan atormentado me tenía, no fue una definitiva y total solución; hace poco me subí de nuevo al árbol para comprobar que mi estatuilla estuviera aun segura, y encontré para mi infortunio, que los pinches pájaros también me habían cagado al búho. ¡Qué horror!